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Es la primera vez que trabajan juntos. Son madre e hijo en “Tiempos compulsivos”, el unitario de El Trece en el que construyen un vínculo muy complejo.
 En la vida, en cambio, fluye la naturalidad entre ellos. Se admiran, se divierten juntos. Se lucen en cada escena.
La escena de dos actores a la mesa, frente a un grabador, suele estar condimentada por el armado de un castillito de piropos cruzados, devolución de gentilezas y otras flores que tranquilamente pueden ser genuinas, pero más de una vez huelen a cortesía pública. Y, entonces, las palabras para el elogio terminan siendo siempre las mismas. Bueno, éste no es el caso.
La escena de dos actores a la mesa, frente a un grabador puede también construir su propio universo, con naipes fuera de catálogo, tal vez porque quienes los juegan son diferentes. Ella, por ejemplo, muy naturalmente, para hablar maravillas de él, dice que “lo que a mí me alegraba de este proyecto era que iba a trabajar con alguien denso”. El calificativo elegido por Marilú Marini le dibuja un trazo de orgullo al rostro de Rodrigo de la Serna. Hablan un idioma distinto, accesible, totalmente alejado del lugar común, más asociado a lo que no se ve del otro. Como más hondo. Salvando las distancias -aunque no todas, porque acá también ya hay mucho afecto-, tejieron un vínculo que, sin la perversión del caso, tiene algún punto de contacto, como la profundidad, con la compleja relación de madre e hijo que interpretan en Tiempos compulsivos (miércoles a las 22.45, por El Trece).
En un atardecer primaveral de Palermo, frente a dos “ristrettitos” y la certeza pública de que son nota porque sus personajes -y sus momentos compartidos en pantalla- marcan notable diferencia en una televisión que a veces da muestras de una calidad exquisita, ella completa su mirada sobre uno de los mejores actores argentinos: “Es un tipo con una densidad. O sea, no va por la vida con una cosa transparente que te permite verle el fondo. Acá hay tránsito, hay humanidad, pasaron cosas por esta cabeza y por este cuerpito. No vivió al pedo… quedaron pruebas, hay un sedimento interesante”.
Nacida en Mar del Plata, enriquecida artísticamente en las huestes del legendario Instituto Di Tella e instalada en París desde 1975 -ciudad a la que viajó sólo por una puesta teatral, pero “me fui quedando”-, Marini juega con la frase de “sin habernos conocido, yo ya lo conocía. Lo había visto en muchas películas, en Diarios de motocicleta , por ejemplo. Había visto algunos capítulos de El puntero (el unitario del año pasado en el que compuso a Lombardo, un personaje que a su actual Esteban no le dejó ni media esquirla de identificación), tenemos gente en común…”.
Dueños, los dos, de unos ojos claros, entre grises y misteriosos, él le quita la mirada sólo por un ratito para sumarse a su recorrido por el corto camino compartido. “Hace como cinco años nos cruzamos en una noche de Teatro por la identidad , por las Abuelas (de Plaza de Mayo), pero estábamos en obras distintas. La verdad es que a mí me pasa igual que a ella. Siento que la conozco desde hace mucho tiempo. Vi todo lo que pude. Es más, pido encarecidamente que ningún lector se pierda Las criadas -clásico de Jean Genet que ella protagoniza en el Teatro Presidente Alvear-, donde despliega magistralmente esa pasión y esa capacidad por el trabajo, por el juego, esa alegría increíble. Arriba del escenario se sabe reír del mal de una manera… Me acuerdo que después de haber ido a verla fui a hacer Lluvia constante -ver Días de teatro para él- y Joaquín (Furriel) me dijo ‘¿Qué pasó?’. ‘Y, la vi a Marilú’ , le dije, nada más.
‘Ah, sí, ya entendí todo’ . Es que es re inspirador lo que ella hace”.
Marini : Lo que pasa es que ahí sirvo a un texto y a un autor que es como papita para el loro . Tenés material para masticar.
De la Serna : Lo que quieras, pero acá hacés lo mismo. Acá (en Tiempos… ), uno llega al set, tiene las coordenadas, comprende que dentro de diez compases se juntan en tal esquina, pero no sabe cómo va a ser eso. Porque con Marilú nunca se sabe. Aparece como una magia. Por eso agradezco y celebro trabajar con ella.
Marini : Y él me da eso también. Siempre está por sacar un conejo de la galera, y lo termina sacando. Porque, okey, estamos haciendo un unitario, que es realista y tiene determinados lineamientos, pero sé que atrás de todo eso no hay una situación restrictiva. A este vínculo de madre e hijo lo alimentamos con cosas que hemos leído, vivido, trabajado. Cosas que abren ese esquema del naturalismo y entonces aparece esto de lo que yo hablaba hace un ratito. Aparece la densidad y eso es hermoso.
Se supone que en su pasado hubo algo muy oscuro, que ha marcado para siempre esa relación. Hasta ahora se intuye más de lo que se sabe, porque sus personajes lo cuentan más con lo que callan que con lo que dicen…
Marini: Porque con Rodrigo tratamos de -y esto nos los dijimos sin decírnoslo- sacar todo lo explicativo.
De la Serna : Totalmente, eliminamos lo pedagógico, como decía un profesor que tuve. Lo bueno fue coincidir también en no moralizar el rol. Aparte, ¿desde qué lugar vamos a juzgarlos nosotros?
En el unitario de Pol-ka -escrito por Javier Daulte y dirigido por Daniel Barone-, él le da vida, oscura por cierto, a Esteban, uno de los pacientes que hace terapia grupal junto a Inés (Carla Peterson), Teresa (Gloria Carrá), Sofía (Pilar Gamboa) y Gerardo (Guillermo Arengo), bajo la supervisión de los personajes de Fernán Mirás, Paola Krum y Juan Minujín. Su diagnóstico dice que es mitómano y psicópata. A su madre no le vendría nada mal analizarse.
“Lo que voy a decir no es para masajearnos el ego ni nada por el estilo, pero quiero dejar en claro que lo que hay, y mucho, es una situación de trabajo, de entendimiento y de ganas de escarbar más, que te lleva al disfrute permanente. En este programa hay un rigor, una columna vertebral que te articula. Y, al mismo tiempo, sentimos una gran libertad. Hablo en general y también en particular, porque los dos, en este caso -sin moverse de sus sillas, el brazo de una se cuela en el del otro, como quien se enlaza rumbo al altar- los dos sabemos que seriedad no significa solemnidad. Y los dos somos muy serios. No quiero ser pedante, pero sabemos de qué hablamos. Los dos tenemos una formación como actores y aquí no hicimos solamente un trabajo de elaboración stanislavskiano , ni de método. Armamos un collage con todo eso e hicimos algo que viene de un punto muy interior, profundo y lúdico. Por eso la relación tiene perversión, humor, dolor. Hay un puchero ahí, que ni te digo”, asegura la mujer que jamás compuso un personaje con continuidad en la TV argentina: “Creo que jamás hice nada aquí”.
Sí, hiciste un “Alta comedia”.
Marini: ¿Sí?... Sí, tenés razón, hace como 30 años, un episodio sólo. Me vino como un recuerdo vago.
¿La ausencia es porque el medio te genera algún prejuicio?
No, para nada. Trato de tener el menor prejuicio posible con todo. Tengo, sí, convicciones. La televisión es un medio maravilloso para vehiculizar cosas. También, mal usado, puede ser terrible. En este caso, debo decir que apunta muy hacia arriba. Y nosotros, juntos, podemos aportar nuestra mirada”.
De la Serna : A medida que nos vamos conociendo nos soltamos más y cada vez que nos toca grabar juntos se respira un ambiente de mucha creatividad, de mucho respeto mutuo. Hay una confianza generada desde el vamos.
¿Te acordás cómo fue ese primer día juntos?
De la Serna : Sí, cómo olvidarlo. Fue una escena maravillosa, en la escalera (ver La primera...), con esa cosa de rapidez que tiene este medio. Nos acomodamos muy naturalmente a los tiempos de la televisión.
‘Hola, qué tal... Qué tal. Te presento, ella es Marilú. Ah, sí, Marilú, te conozco, te seguí, te admiro. Bueno, son madre e hijo, dale, ensayo. Acción’.
Así, todo de corridito. Y fluyó nomás y empezó a salir eso que se ve en pantalla.
El relato de él provocó una carcajada contagiosa, que a ella le ablandó esa postura erguida -actitud que dice haber aprendido de su tía, que le decía “sentate derecha, nena”- sin por eso perder elegancia. Elegancia que se manifiesta de a pinceladas, como cuando la moza deja los pocillos sobre la mesa y Marilú agradece con un sobrio “merci”.
De la Serna sonríe y, como quien combina, sin mezclar, ficción y realidad, suelta un “dios mío, merci, merci… Me quedo a vivir 40 años más con vos, mamita”. Abrazo. Buena palabra para terminar un texto. O reflejar un vínculo.

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