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Luciano Castro “Estoy recién a mitad de camino”

Unknown
Como protagonista de Herederos de una venganza, Luciano Castro está viviendo uno de los mejores años de su carrera. Cada noche, la historia de secretos, traiciones, muertes y venganzas acapara el rating de su franja horaria.


                                 

  


Si hubiese una forma de medir la popularidad, no estaría mal decir que Luciano se encuentra en su pico. Mucho tienen que ver los protagónicos en Lalola (con Carla Peterson), Amanda O (junto a Natalia Oreiro) y Valientes (que coprotagonizó con Mariano Martínez y Gonzalo Heredia). Sí, eso que se armó a su alrededor fue memorable… Sin embargo, hay que reconocer que Luciano llamó la atención desde que puso un pie frente a las cámaras, bailando y cantando en Jugate conmigo.
En su camarín de Pol-ka, donde graba Herederos de una venganza, hay solo un silloncito y una cama despojada. Caballero como quedan pocos, deja pasar primero a las damas, ofrece algo para tomar y él mismo sirve y repone las bebidas sin que haga falta pedirlo. No es pose: si hay alguien trasparente como el agua a la hora de la charla y los modos, ese es Luciano.


–¡Qué buen año de trabajo! ¿Vos también lo evaluás así?

–Fue muy vertiginoso salir al cruce con el número uno, que es (Pablo) Echarri, y después en un casi un mano a mano con Facundo (Arana)… Esa cosa de que te hagan saber cuánto medís, si ganas o no tu franja, hace que sin quererlo te metas en la competencia.


–¿Te presiona?
 –No, me compromete, y si a algo le escapo es a los compromisos. Por ende, soy tan hincha que termino comprometiendo a todo el mundo. Tengo días en que estoy pésimo, pero por suerte en el elenco tengo muchos amigos, así que siempre hay alguno que me levanta, que me empuja. Este programa me terminó de convencer de que voy a priorizar los grupos humanos antes que a los talentosos y los grandes actores, que encima acá también los hay. Me di cuenta de que eso es clave. Armamos un gran grupo humano. En Herederos… se fusionan tres generaciones de actores, y entre la primera y la última hay una brecha de veinticinco años. Para diez de los chicos esta historia es la primera que hacen y, a la vez, están (Rodolfo) Ranni, Betiana (Blum), Leonor (Benedetto), (Antonio) Grimau… todos polenta en cuanto a trayectoria. El hambre del que empieza se siente solo cuando se empieza. Después sentís pasión, vocación, otras cosas, porque en ese sentido te aburguesás mucho. Este es un elenco de actores notables, multipremiados. Miralos a (Sergio) Surraco, de mi generación, a quien admiro; a Rafa Amador, que supo instalarse; a (Marco Antonio) Caponi, que es el futuro.

–Hablabas recién de Echarri. ¿Ustedes son amigos?

–Sí, muy amigos. Además, él es el causante de que yo esté donde estoy.

–¿En qué sentido?

–En el de motivarme, aconsejarme… Muchas veces quise largar todo.

–¿Por qué?

–Porque desprecio montones de cosas de este trabajo. En charlas con él me decía: “Luchito, muy bien, seguí así” o “Luchito, no te calientes por eso”

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–¿Son amigos por el trabajo?
–No, yo empecé antes, en 1992. Nos conocimos en unos partidos de fútbol a beneficio. Era obvio que íbamos a ser compatibles porque tenemos los mismos orígenes, somos dos callejeros, reos. Ni hablar de Nancy (N. de la R.: Dupláa, la mujer de Pablo). A ella sí la conozco de antes de trabajar en la tele. Ella nunca cambió en nada, y eso que es una actriz grossa y prestigiosa. La verdad es que fue un placer competir con Pablo porque eso significa que estoy a la altura de las circunstancias.
–Hablabas de las fobias con este medio.

–Fobias no; cosas que no me gustan, que no es lo mismo.

–Tenés razón.

–(Se ríe). Las fobias ya las superé.


–¿Con qué tienen que ver?

–Con la sobreexposición…

–Pero si jamás aparecés en ningún lado.

–No, pero te sobreexponen. Alguna vez alguien dijo que estas eran las reglas del juego. Y otro las aceptó. No es así. Esta no es una postura mía ahora que soy protagonista, sino que cuando arranqué pensaba lo mismo. No lo paso bien, no es mi palo, no relajo, tengo muy pocos amigos, y mis amigos del medio son iguales a mí y no van a esos lugares. Cuando digo “a esos lugares” no es despectivo; me refiero a que son sitios, bares, restaurantes de moda, que me son ajenos. Yo no tengo ni representante. No necesito que nadie vaya a decir cuánto vale mi trabajo ni que sea obsecuente hablando de mi trabajo. No hay ni un solo productor –te hablo de los popes de la tele– que no te diga cuánto más agradable es hablar con un actor mirándolo a los ojos que con un representante. Yo necesito trabajar y, si me convocás, quiero que me pagues lo que considero que valgo, y listo. Yo sigo audicionando. Hace poco fui a una audición para una película de Campanella, pero no me aceptaron. No me muero por eso. Todos me miraban como raro porque estaba ahí y encima no quedé. Hice una audición pésima. Me interesa mucho el teatro, si es independiente mejor; estoy lejos de todo lo comercial y mediático.

–Entiendo que el año que viene estarás lejos de la pantalla chica.


–Es que hasta estratégicamente es bueno cambiar. Si no, cansás y dejás de ser creíble. En la tele siempre tengo que hacer de galán o de héroe, donde son tres las cuerdas que hay que tocar, así que está bueno abrir el panorama. La telenovela es un género que detesto, realmente.


–¿Lo detestás?

 
–Sí. Es que me cuesta. Hay textos difíciles de interpretar y los ritmos que se manejan son de vorágine total.

–Te definís como callejero. ¿El pibe de la calle soñaba con esto?

 
–No. Mi sueño era sobrevivir. Vivo solo desde muy chico y no tenía sueños sólidos hasta que vi la posibilidad de estudiar teatro, de hacer algo que se convirtiera en trabajo.

–¿Qué te despertó el bichito del teatro?
–Lo mío era el boxeo. Lo que pasa es que para boxear es necesario que tengas un hambre que yo no tenía. Siempre tuve una madre y un padre que me dieron lo que pudieron, lo que necesitaba. Y no me dieron ese apoyo porque mi padre sabía de qué se trataba el boxeo porque él mismo lo practicaba.

–¿De manera profesional?

–No, nosotros somos atorrantes, no tenemos pretensiones. La mía es una familia de laburantes. Mi papá me apoyaba, me acompañaba, pero mamá no quería, me veía lastimado y se preocupaba. Más que con boxear, yo soñaba con ser campeón del mundo. Siempre que me acuerdo de mí, de pequeño, siento como que me lo contaron, no tengo recuerdos. En ese entonces, veía mucho cine. Lo que decía mi abuela era palabra santa y a ella le encantaban Marlon Brando, Anthony Quinn, Kirk Douglas… Nido de ratas es una película que me rompió la cabeza porque era un atorrante en un puerto de Nueva York intentando seducir a la chica linda que nunca le iba a dar bolilla. De alguna manera, me sentía representado. Yo tenía unas botitas de gamuza y un jogging, y siempre me gustaban mujeres que ni me miraban. Los chicos son crueles, y a veces las chicas me lo hacían sentir. Pero está bien, en la calle no hay compasión. Entonces, había un atorrante que paraba conmigo y estudiaba teatro, pero no decía nada porque le daba vergüenza. Hasta que yo me enteré. Le pregunté de todo y me metí a estudiar porque me pareció que me iba a hacer bien, me iba a soltar. Me gustó tanto que nunca más volví a la escuela. Después estudié en México, en España; me vi todo lo que podía ver hasta hartarme…


–¿Quién más te aconseja?

–Sebastián Ortega es otro amigo que me aconseja. Mil veces nos peleamos y hasta nos fuimos a las manos, pero él confió en mí, y me puso en Lalola. También Adrián (Suar). Me acuerdo de que en una charla le reclamé un protagónico o más espacio, y me respondió que hiciera Valientes. Iba a ir a las tres de la tarde y le dije que no porque no quería salirme del prime time. Él me convenció. No estaba ni armado el elenco. Como soy obtuso, prefiero escuchar. (Se ríe). Adrián te destroza para convencerte, te manda nombres y nombres…. Además, me anticipó todo lo que se iba a venir con esa tira. Adrián es un guapo de verdad, tiene convicción y valores. No vende humo, se juega entero. Todo eso para mí no tiene precio. Sebastián es igual, pero con un temperamento distinto. Después de Valientes empezó otra vez la pelea. Yo quería hacer comedia, en Los Únicos. Adrián me habló y discutió como un hermano mayor. Y acá estoy…


–¿Qué fue lo que más te cambio para bien y para mal después de Valientes? Recuerdo que en Mar del Plata tenían que ir al teatro con seguridad.

–Para bien, Mariano y Gonzalo. En cuanto a la gente que se acercaba, si es con respeto, para mí está todo bien. Pero vi cosas como que Gonzalo estaba comiendo y tenía gente en la nuca sacándole fotos... ¿A quién no lo violentan esas situaciones?

–También le molestará a tu entorno...

–Tengo un hijo de 10 años (N. de la R.: Mateo) al que no le hace falta ver a su padre en la tapa de una revista. Yo le marco que soy el papá, no soy el de la tele. Para mi hijo y para mí, el de la tele no vale porque, si no, me saca autoridad como padre. Gracias a eso, mi hijo nunca vio un programa mío.

–¿No lo dejás?

–No le interesa. Él no vive conmigo, vive con su madre, pero para verme a mí lo hace personalmente, no prende la televisión. Si alguien le llega a pedir una foto mía, no le gusta nada. Lo veo cómo se planta ante situaciones y no puedo creerlo. Pero volviendo a lo de no exponerse, si voy a un shopping a la tarde, me la tengo que bancar. Pero salgo a comer dos veces por semana, al mismo lugar, y nunca me sacaron una foto ahí. Y mirá que tengo guardia periodística todos los días en casa... Salgo y los saludo a los muchachos. Si vos querés, podés hacer tu vida sin exponerte ni exponer a los tuyos. La gente es pasional, te quiere y quiere devolverte lo que recibe en la tele, así que no tiene la culpa si vos no te cuidaste.

–Vos sos de Mar del Plata. ¿Qué más conocés del país?

–Conozco el país de punta a punta, hasta la base Comodoro Marambio. Cuando hacía Jugate conmigo tuve la suerte de recorrerlo todo, y la gente fuera de Buenos Aires es distinta… ¡son tan respetuosos! Hace dos meses fui a Mendoza, a la casa de Sabri (N. de la R.: Rojas, su pareja). Ellos son de una ciudad muy humilde. Fui a una verdulería y una señora grande se me acercó y me preguntó si era el del teleteatro. Le respondí que sí y ahí quedó la cosa. Eso es ser respetuoso. Después, con Valientes, también viajamos por la Argentina. De chico, con Facundito Espinosa, que es un gran amigo mío, íbamos a hacer snowboard a Ushuaia. En cuanto a Mar del Plata, ahí vive mi familia, así que cuando tengo un rato libre me voy y aprovecho para surfear, más ahora que no puedo boxear porque tengo un brazo roto. Pero eso no es tanto el interior… Mi hermana está en Córdoba, aunque no voy tan seguido como quisiera. Todos esos son lugares donde podría vivir perfectamente. Ahora que lo pienso, quisiera tener más tiempo para viajar. Pero no es el momento. A mí me costó todo mucho, así que por hora no me quiero desviar de mi objetivo, que es actuar. Estoy recién a mitad de camino, y no me puedo quejar por las cosas que se me presentaron hasta este momento. Por eso, siempre nombro a quienes me dieron la oportunidad, siempre les agradezco
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Revista Nueva..
 
 



En el verano
Desde el 14 de diciembre, en el Teatro Roxy de Mar del Plata, Luciano Castro protagoniza Camino negro, con Rodolfo Ranni y Romina Ricci. Más tarde, encabezará el elenco de un filme independiente, Remedios de Escalada. Y se prepara para El pequeño circo casero de los hermanos Suárez, una idea suya y de Marco Antonio Caponi que le dieron al dramaturgo Gonzalo Demaría. “Queremos hacerlo en una sala de setenta personas, un día a la semana”.

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